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"Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti" (Marcos 5:19).   Jesús nos encomendó compartir el Evangelio y prometernos ayuda para cumplir esa tarea. Antes de su ascensión el prometió enviarnos al Espíritu Santo. “Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos o las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.” (Hechos 1:7.8) Así como los discípulos comenzaron a testificar en Jerusalén, nosotros debemos comenzar con los nuestros— nuestra familia y nuestros amigos. Después debemos hablarle a los que nos rodean, así como lo hicieron los discípulos en Judea. Es nuestro deber testificarle a los que no pertenecen a nuestro círculo de amigos o familiares así como los discípulos también testificaron ante los samaritanos. Nuestra obra no se limita a nuestra comunidad inmediata, termina con lo último de la tierra. La hermana Elena G. de White dice en El Conflicto de los Siglos pagina 345, “Nuestros actos, nuestras palabras, hasta nuestros más secretos motivos, todo tiene su peso en la decisión de nuestro destino para dicha o desdicha. Podremos olvidarlos, pero no por eso dejarán de testificar en nuestro favor o contra nosotros.” Basándonos en lo que dice la Palabra de Dios y lo que dice el Espíritu de Profecía deberíamos ¡DECIRLO AL MUNDO! –R. Ernest Castillo, Vice Presidente de la División Norteamericana |